¿Alguna vez te han roto el corazón? O, en su defecto, ¿le has roto el corazón a alguien?
Agarra tu helado de chocolate y tus kleenex olor a menta, porque pretendo llevarte conmigo a través del chisme/historia de mi duelo.

Corté a mi exnovio hace 6 meses, 15 días y contando. No vengo a contarte el porqué (a menos que me lo pidas), vengo a hablar del horrible sube y baja de emociones que ha sido vivir el duelo por una persona que, en efecto, sigue viva.
La maldita ciencia de la psicología describe el duelo como un proceso emocional, cerebral y físico que vivimos tras la pérdida de un ser querido. Casi siempre se habla del duelo por alguien que murió, pero el de una ruptura funciona bastante parecido; en este caso, por mi novio (¡o el tuyo! No todo es sobre mí).
O sea, temporalmente (durante un ratito que definitivamente se siente como siglos), nuestro ser se adapta de diferentes maneras para sobrevivir a perder al wey con el que creíste que te ibas a casar y al que estabas aferradísima —¡cof, cof!—.
No todos viven igual el duelo; puedes haber llorado antes de cortar, un día antes, el mismo día, los días después o incluso meses después (en mi caso, todas las anteriores) y aun así sentir que no has mejorado.
La verdad es que, como en todo, el progreso no es lineal. Un día estás en la cima del mundo y mandas a la goma –por no decir palabras mayores– a ese wey, pero otros estás ahogándote con tus propias lágrimas y mocos, sumida en tu sillón mientras abrazas a tu perro como si pudiera desaparecer mágicamente toda tu tristeza –de nuevo, no todo es sobre mí–.
Esos cambios son el resultado de un montón de neurotransmisores —¿neuro qué?—. ¡Tranqui! Son químicos en tu coco, como la serotonina y la dopamina, que te hacen sentir las emociones. Cuando se desbalancean, aparecen la ansiedad, la sensación de vacío y el desinterés por… básicamente todo.
Y ahí te va un facto muy locochón: eso de los síntomas físicos tampoco me lo estoy inventando. Cuando dicen que tienes el corazón roto, sí podría ser un diagnóstico. En términos técnicos, el síndrome del corazón roto se llama miocardiopatía por estrés —¿o sea?—: te pegó tanto el bajón que, por un ratito, tu corazón no funciona igual. Casi siempre es reversible, pero en casos extremos… ¡la gente se puede morir!
Así como lo escuchas, hay gente que sí puede morir de un corazón roto, aunque es rarísimo y los más vulnerables son las personas mayores, con corazoncitos más débiles (fisiológicamente, wey, no por tener corazón de pollo).
Regresando al tema: el duelo no solo te pega en lo emocional, también te baja las defensas, te desajusta el sueño y te quita el hambre, así que terminas más expuesta a enfermarte. Lo cual explica por qué las sincronizadas con chocomilk que me quería desayunar me daban asco —¿cuándo en la vida?— y, peor aún, por qué no podía dormirme pensando que mandarle un mensaje a las 2 a. m. podría ser buena idea —no lo quiero averiguar—.
Y por si la tremenda gripe, de la que aún no me recupero, no fuera suficiente, todavía te faltan un chingo de meses para sentirte como tú misma de nuevo. ¡Caray!
Y la neta, la neta, estoy escribiendo esto porque, contra todo pronóstico (inventado por mí), sigo triste. Sigo intentando comerme mis pinchis sincronizadas y sigo con los ojitos hinchados al menos una vez a la semana. No te lo cuento para generar lástima, lo cuento para ayudarte si es que tú y yo estamos en las mismas.
Hay muchos tipos de duelo, y el mío se retrasó porque preferí llenarme de actividades para que los primeros meses sin él no fueran tan difíciles. Si te soy honesta, me la pasé ¡boooomba! hasta que me dio el bajón(sotototototototototototote). No hay una manera correcta o incorrecta de vivir tu proceso; lo que sí te recomiendo es que tengas una red de apoyo —a la que muy probablemente hartarás de tanto hablarle del mismo wey, pero los real g for life siempre te escucharán—. Si tienes chance, lánzate a terapia —donde también la vas a pasar del nabo (no sé si puedo escribir palabrotas en esta revista), pero también la recomiendo— para reestructurar los pensamientos que tanto te persiguen por las noches, y las mañanas, y las tardes, y las medias tardes… ¡En fin! De hecho, los especialistas recomiendan buscar ayuda profesional si después de tres a seis meses sigues sin poder retomar tu vida diaria.
Escribe un diario o un vlog, como yo, y ármate una playlist perrona de desamor para que cantes, grites y llores, una cosa a la vez o todo al mismo tiempo, yo te comparto la mía (lo siento si no tienes Apple Music): https://music.apple.com/mx/playlist/compa%C3%B1ero/pl.u-38oWZ6WCYoqoq6m
Pero, sobre todo, sé amable contigo misma(o); no todo tiene que sentirse bien hoy, ni tienes que tener un proceso exitoso siempre.
Te comparto que, a pesar de todas las cosas que llevo queriendo decirle, hoy tuve las fuerzas para escribir en mi diario y reflexionar al respecto. Hoy no le escribí, y eso es lo que importa: lo que es hoy y no lo que nunca será.
Si en algún momento sientes que ya no puedes con esto, habla con alguien. En México puedes llamar a la Línea de la Vida: 800 911 2000.
¡Chau, amiga(o)! Nos seguimos escribiendo para contarte cómo me va esta semana (esperemos que no se nos hinchen mucho los ojos o que, mínimo, las cucharas congeladas por fin hagan efecto).
Fuente: UNAM Global (2025). «Duelo: cómo impacta en el cerebro, las emociones y el cuerpo». https://unamglobal.unam.mx/global_revista/duelo-cerebro-emociones-cuerpo/
