Llevamos años en «piloto automático». Nos levantamos, arreglamos y cocinamos siguiendo las reglas no escritas que aprendimos de nuestros padres o de la sociedad. Pero, ¿y si te dijera que muchas de esas reglas son un desastre? Si eres de los que cree que tiene su rutina bajo control, prepárate. Aquí te presentamos tres hábitos cotidianos que probablemente estás haciendo mal, y cómo corregirlos antes de que sea tarde.
1. Cepillarse los dientes inmediatamente después de comer
Acabas de terminar tu desayuno, quizás un café y una fruta. Como persona responsable, corres al baño a cepillarte los dientes para eliminar los restos de comida y evitar el mal aliento. Crees que estás protegiendo tu sonrisa, pero en realidad podrías estar destruyéndola.
¿Por qué está mal?
Cuando comes, especialmente alimentos ácidos o azucarados (como el jugo de naranja, el café o el pan), el pH de tu boca baja y el esmalte dental se ablanda temporalmente. Es como si tus dientes quedaran «vulnerables». Si te cepillas en ese preciso momento, el cepillo actúa como una lija fina. No estás «limpiando» tus dientes; estás restregando el ácido contra ellos y desgastando el esmalte, lo que a la larga provoca sensibilidad dental, coloración amarillenta y mayor riesgo de caries.
La forma correcta:
La paciencia es clave. Los dentistas recomiendan esperar al menos 30 minutos después de comer para que tu saliva neutralice el ácido y el esmalte se endurezca de nuevo. Si necesitas frescura inmediata, enjuágate la boca con agua o mastica un chicle sin azúcar, pero deja el cepillo quieto por un rato.

2. Lavar el pollo crudo antes de cocinarlo
Es un clásico de muchas cocinas. Sacas la pechuga de pollo del envase y la pasas por el chorro de agua del grifo «para limpiarla». Suena lógico, ¿verdad? Higiene básica.
¿Por qué está mal?
Según los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades y numerosos estudios de seguridad alimentaria, lavar el pollo crudo es una de las peores cosas que puedes hacer en tu cocina. No estás «limpiando» las bacterias; las estás aerosolizando. Las gotas microscópicas de agua contaminada con Salmonella pueden viajar hasta 50 centímetros, aterrizando en tu ropa, en los platos limpios o en esa manzana que te ibas a comer cruda.
La forma correcta:
El calor es lo único que mata las bacterias. Saca el pollo del envase y directo a la sartén o al horno. Si necesitas secarlo, usa toallas de papel y tíralas de inmediato. Tu cocina te lo agradecerá.

3. Usar hisopos (cotonetes) para limpiar tus oídos
Sientes un poco de picazón o simplemente quieres sentirte «limpio» después de la ducha, así que introduces un hisopo de algodón en tu canal auditivo. La sensación es extrañamente satisfactoria.
¿Por qué está mal?
Tus oídos se limpian solos. La cera (cerumen) tiene propiedades antibacterianas y está diseñada para atrapar polvo y suciedad, expulsándolos naturalmente hacia afuera al masticar o hablar. Al introducir un hisopo, lo que realmente haces es empujar la cera vieja hacia el fondo, compactándola contra el tímpano. Esto crea tapones de cera que afectan tu audición y pueden causar infecciones graves.
La forma correcta:
Límpiate solo la parte externa de la oreja con una toalla. Como dicen los otorrinolaringólogos: No metas nada en tu oído.

4. Usar el botón de «Posponer» en la alarma
Suena la alarma a las 7:00 AM. Tu cama está calientita. Le das al botón de «5 minutos más». Y lo haces otra vez. Crees que estás ganando tiempo de descanso, pero en realidad te estás saboteando.
¿Por qué está mal?
Al volver a dormirte por esos 5 o 10 minutos, tu cerebro reinicia un ciclo de sueño. Pero como no tienes tiempo para completar un ciclo real (que dura unos 90 minutos), la siguiente alarma te despierta en medio de una fase de «sueño profundo». Esto provoca lo que los científicos llaman inercia del sueño: esa sensación de pesadez, aturdimiento y mal humor que puede durar hasta 4 horas después de levantarte. Esos «5 minutos más» te están costando tu productividad de la mañana.
La forma correcta:
Pon la alarma a la hora real a la que debes levantarte y no la negocies. Si necesitas más descanso, acuéstate antes, no te despiertes después.

Sabemos lo que estás pensando: dejar de lavar el pollo es fácil, pero ¿renunciar a los 5 minutos extra de la alarma? Eso duele. Sin embargo, tu cuerpo te lo agradecerá a largo plazo. La vida adulta ya es lo suficientemente complicada como para sabotearnos nosotros mismos con bacterias voladoras o tapones de cera. Así que, mañana por la mañana, cuando suene el despertador, levántate de una vez, cocina ese pollo directo del envase y deja tus oídos en paz. Bienvenido al club de los adultos (realmente) funcionales.
Si quires saber otras cosas que haces mal todos los días ve éste video:
