Hay trabajos que te roban el tiempo. Otros te roban el alma. Y luego están esos empleos que te hacen ambas cosas mientras te sonríen con un gafete plastificado y te dicen “buenas noches, señor”. De ahí nace este corto animado de Kilian Vilim, una pieza en blanco y negro que no necesita monstruos, jumpscares ni demonios con cuernos para dejarte claro algo: el verdadero infierno tiene turnos nocturnos y botones de ascensor.
Vilim no inventa nada. Eso es lo más incómodo. El corto está inspirado directamente en su experiencia laboral, lo cual lo convierte en una confesión animada y en una cachetada para cualquiera que alguna vez haya tenido un empleo donde eres funcionalmente invisible. Todo ocurre casi por completo dentro de una cabina de ascensor. No porque falte presupuesto, sino porque ahí está la trampa perfecta: un espacio pequeño, repetitivo, mecánico, que sube y baja sin ir realmente a ningún lado. Como tu carrera.
El lobby boy: NPC con sueldo mínimo
El protagonista es un lobby boy que atraviesa pisos durante toda una noche de trabajo. No tiene nombre. No lo necesita. Es un avatar universal del trabajador precarizado. Los clientes no lo miran, no lo escuchan, no lo registran. Es un elemento más del mobiliario. Un adorno con pulso.
La genialidad del corto está en entender que esos trayectos de ascensor —aparentemente muertos— son en realidad momentos hiperactivos de pensamiento. Cuando no hay nada que hacer, la mente se convierte en tu peor enemigo. Empiezas a repasar decisiones, fracasos, expectativas incumplidas, sueños que ya ni siquiera recuerdas haber tenido. El ascensor se vuelve una cámara de eco emocional donde cada pensamiento rebota una y otra vez.
No hay diálogos extensos ni explicaciones obvias. Vilim confía en algo que muchos creadores olvidan: el espectador no es idiota. La angustia no se grita, se filtra.
Blanco y negro: porque la vida godín no tiene matices
La elección estética no es un capricho “arthouse”. El blanco y negro funciona como declaración política: este mundo laboral está despojado de color, de matices, de promesas. Todo es binario. Subes o bajas. Trabajas o no comes. Sirves o estorbas.
La atmósfera es pesada, pero nunca obvia. No hay música melodramática rogándote que te sientas mal. Hay silencios. Hay ruidos mecánicos. Hay pequeñas señales visuales —como una simple raya de luz que atraviesa el encuadre— que sugieren estados emocionales sin necesidad de subrayarlos. Es animación que confía más en la insinuación que en el golpe bajo.
La verdadera bajada al infierno
El corto avanza como una espiral. Cada viaje en el ascensor no solo atraviesa pisos, sino capas mentales del protagonista. La monotonía se convierte en desgaste. El desgaste en angustia. La angustia en una crisis de nervios que no llega como explosión espectacular, sino como algo peor: un colapso interno, silencioso, inevitable.
Aquí no hay moraleja motivacional tipo “sigue tus sueños”. Tigrepop no cree en esas mentiras baratas y Vilim tampoco. Lo que hay es una representación brutalmente honesta de lo que pasa cuando el trabajo deja de ser medio y se convierte en jaula. Cuando tu identidad se reduce a cumplir una función sin ser visto.
Animación para adultos que no quieren ser tratados como niños
Este corto se inscribe en esa rara categoría de animación que entiende que crecer no es volverte fuerte, sino aprender a soportar. No busca likes fáciles ni finales reconfortantes. Busca incomodar. Y lo logra.
En un ecosistema saturado de contenido “inspiracional” para LinkedIn y reels que romantizan el burnout, esta pieza hace lo contrario: te obliga a mirar de frente la alienación laboral sin filtros, sin emojis, sin frases de coach.
Si alguna vez te has sentido atrapado en un trabajo que te consume lentamente, este corto no te va a salvar. Pero sí te va a decir algo importante: no estás loco. El sistema sí está diseñado para que te sientas así.
Y eso, aunque no arregle nada, al menos rompe el silencio del ascensor.
