Entras a Twitter (o X), a los comentarios de YouTube o a cualquier foro de discusión, y ahí está: la foto de perfil del Joker de Joaquin Phoenix, o quizás la versión anarquista de Heath Ledger. A menudo, acompañada de una biografía que dice algo como «Vivimos en una sociedad…» o citas sobre cómo «los demonios internos son los más leales». Es el uniforme digital de una subcultura que ha decidido que Arthur Fleck no es una advertencia, sino un profeta.
Durante los últimos años, hemos sido testigos de un fenómeno cultural fascinante y preocupante a la vez: la canonización de villanos psicópatas como iconos de masculinidad incomprendida. Desde Tyler Durden (El Club de la Pelea) hasta Patrick Bateman (American Psycho) y Travis Bickle (Taxi Driver), la audiencia —mayoritariamente masculina y joven— ha tomado a personajes diseñados como sátiras o tragedias y los ha convertido en modelos a seguir.
Pero el caso del Joker es el más peligroso de todos. Porque al confundir su dolor con virtud, no solo no hemos entendido la película; estamos validando una narrativa tóxica sobre la salud mental y la violencia.

El Síndrome de «Literalmente Soy Yo»
El meme de «He’s literally me» (Es literalmente yo) se usa de forma irónica, pero esconde una verdad incómoda. Muchos espectadores ven la soledad, el rechazo social y la invisibilidad de Arthur Fleck y sienten una conexión profunda. Y eso es válido. Es humano. Joker (2019) es una obra maestra precisamente porque nos obliga a empatizar con alguien a quien la sociedad ha escupido.
El problema surge cuando esa identificación no se detiene en el sufrimiento («me siento solo como él») y salta a la validación de la reacción («tengo derecho a destruir como él»).
Cuando idolatras al Joker, estás idolatrando el colapso. Arthur Fleck no es un rebelde antisistema que lucha por la justicia social; es un hombre enfermo que deja de tomar su medicación y asesina a gente porque ya no tiene herramientas emocionales para lidiar con su realidad. Ver su descenso a la locura como un «despertar» o un acto de empoderamiento es una lectura terriblemente superficial.

La Romantización de la Enfermedad Mental
Hay un peligro real en la estética de la «tristeza oscura». En redes sociales, la depresión y la inestabilidad mental del Joker se presentan con filtros de colores neón, música lenta y frases profundas. Se convierte la enfermedad mental en una identidad edgy, algo que te hace profundo, misterioso y diferente al «rebaño». Esta narrativa es nociva porque sugiere que el tratamiento o la sanación son una forma de «doma» social. Sugiere que estar cuerdo es aburrido y que estar roto es auténtico.
Pero cualquiera que haya convivido con una enfermedad mental grave (propia o ajena) sabe que no hay nada de glamouroso en ella. No hay música de violonchelo de fondo. Hay aislamiento, higiene descuidada, relaciones rotas y un dolor paralizante. Arthur Fleck no estaba disfrutando su vida; estaba sufriendo una agonía constante. Convertir su dolor en un disfraz de Halloween o en una «vibra» es deshumanizar la realidad de la enfermedad mental.

Tyler, Patrick y Arthur: El Club de los Hombres Tristes
Es curioso cómo el Joker ha entrado en el panteón de los «Sigma Males» junto a Patrick Bateman. La ironía es sangrante:
- Patrick Bateman es una sátira de la vacuidad y el materialismo de los yuppies de los 80. Es un ser patético que necesita la validación de sus tarjetas de presentación.
- Tyler Durden es una alucinación terrorista que critica el consumismo creando una secta fascista que borra la individualidad.
Y el Joker es la consecuencia de un sistema de salud fallido. Ninguno de ellos «ganó». Todos terminan muertos, encarcelados o institucionalizados.
Al idolatrar sus actos violentos, los «fanboys» ignoran el contexto y se quedan solo con la fantasía de poder. «La sociedad me trató mal, así que ahora yo soy el castigo». Es una fantasía infantil de venganza. Es la rabieta definitiva: si no puedo jugar, rompo el tablero.

Entender no es Justificar
Aquí radica la distinción ética crucial que la cultura de internet parece haber olvidado: La explicación no es justificación.
Podemos entender perfectamente por qué Arthur Fleck mató a esos tres ejecutivos en el metro. Eran abusivos, él estaba asustado y armado. Podemos entender la cadena de eventos. Pero entender la causa no nos obliga a aplaudir el efecto.
La película nos pide que miremos a los monstruos que creamos al ignorar a los vulnerables, no que aspiremos a ser el monstruo. La tragedia de Arthur es que él buscaba conexión humana, buscaba una figura paterna, buscaba ser visto. Su transformación en el Joker es su fracaso, no su éxito. Es el momento en que se rinde.

Sé Arthur, no el Joker
Si te sientes identificado con Arthur Fleck, con su soledad, con su sensación de que el mundo es un lugar hostil y frío, no estás solo. Es un sentimiento generacional legítimo en un mundo cada vez más desconectado y desigual. Pero la respuesta a ese dolor no es pintarse la cara y ver arder el mundo. La respuesta revolucionaria real no es la violencia cínica; es la empatía radical y la búsqueda de ayuda.
El verdadero heroísmo no consiste en ceder a tus demonios y dejar que tomen el volante, como hizo Arthur. El verdadero heroísmo, el que es difícil y no sale en las ediciones de TikTok, es tener el coraje de sanar en una sociedad enferma. Es romper el ciclo de abuso en lugar de perpetuarlo.
Así que no, tú no eres el Joker. Y eso es algo bueno. Porque significa que todavía tienes la oportunidad de escribir un final diferente para tu historia, uno donde no termines bailando solo sobre las cenizas de tu propia vida.
Si te preguntas cómo una película que critica la falta de empatía terminó creando un ejército de fans que no entienden la empatía, este análisis te abrirá los ojos:
