Es difícil no enamorarse de la versión de P.T. Barnum que nos vendió Hollywood en 2017. Interpretado por el carismático Hugh Jackman, el Barnum de The Greatest Showman es un soñador, un padre amoroso y, sobre todo, un pionero de la inclusión que da refugio y dignidad a los marginados de la sociedad bajo la lona de su circo. Cantan «This Is Me» mientras el público llora de emoción. Es una historia preciosa sobre la familia elegida y la aceptación.

Lamentablemente, es también una de las mayores distorsiones históricas del cine moderno. El verdadero Phineas Taylor Barnum no fue un héroe de los derechos civiles ni un filántropo de los oprimidos. Fue un empresario despiadado que acuñó la frase (atribuida a él, aunque debatida): «Nace un tonto cada minuto». Para el Barnum real, las «rarezas» no eran su familia; eran ganado. Y su carrera no comenzó con magia y sueños, sino con la compra de una mujer anciana y esclava.


El Pecado Original: La Tragedia de Joice Heth

La película omite convenientemente el primer «gran acto» de Barnum, quizás porque destruiría por completo la simpatía del espectador. En 1835, años antes de fundar su circo, Barnum se enteró de la existencia de una mujer afroamericana esclavizada llamada Joice Heth.

Heth era anciana, ciega y estaba casi completamente paralizada. Sus «dueños» la vendían en Filadelfia. Barnum, viendo una oportunidad de negocio, encontró un vacío legal para «alquilarla» (una compra efectiva) por 1.000 dólares. No la compró para liberarla. La compró para exhibirla. Barnum creó una historia falsa grotesca: afirmó que Joice Heth tenía 161 años y que había sido la enfermera del mismísimo George Washington («La mujer que vistió al Padre de la Patria»).

La llevó de gira por el noreste de Estados Unidos, trabajando a la anciana hasta el agotamiento. La gente pagaba para verla, tocarla y hacerle preguntas. Barnum la trataba como un objeto de museo viviente. Cuando el interés del público comenzó a decaer, Barnum envió cartas anónimas a los periódicos sugiriendo que Heth no era humana, sino un «autómata fabricado con caucho y huesos de ballena». La gente volvió a pagar, esta vez para pincharla y comprobar si era real.


El Acto Final: La Autopsia Pública

Lo que sucede a continuación es el punto más bajo de la carrera de Barnum, y algo que Hugh Jackman jamás haría. Cuando Joice Heth murió en 1836, Barnum no le dio un entierro digno. Al contrario, vio una última oportunidad de sacar provecho.

Organizó una autopsia pública en un salón de Nueva York. Cobró 50 centavos la entrada (una suma considerable en la época) para que el público viera a un cirujano abrir el cuerpo de la mujer y determinar su verdadera edad. El teatro estaba lleno. Barnum estuvo allí, supervisando cómo cortaban a la mujer que le había dado su primer éxito. La autopsia reveló que Heth tenía, como mucho, 80 años, no 161. En lugar de disculparse por el fraude, Barnum manipuló la prensa diciendo que el cirujano se había equivocado, manteniendo su nombre en los titulares. 

Para el verdadero Barnum, la dignidad humana no valía nada comparada con la publicidad gratuita.


Tom Thumb y la Explotación Infantil

En la película, vemos al «General Tom Thumb» (Charles Stratton) como un adulto pequeño que encuentra su propósito. En la realidad, Barnum reclutó a Stratton cuando era solo un niño de 4 años.

Barnum le enseñó a fumar cigarros y a beber vino a los 5 años para que pareciera un adulto en miniatura y la broma fuera más graciosa para el público victoriano. Si bien es cierto que Stratton se hizo rico bajo la tutela de Barnum (y llegaron a ser socios), la dinámica inicial fue de pura explotación infantil diseñada para el lucro.


Los «Fenómenos»: ¿Familia o Mercancía?

La narrativa central de The Greatest Showman es que Barnum dio voz a los que no la tenían. La realidad es más cínica. Barnum operaba lo que entonces se llamaban Dime Museums (Museos de diez centavos). Estos lugares no eran refugios de aceptación; eran zoológicos humanos.

Barnum a menudo exageraba o inventaba discapacidades para hacerlas parecer más «monstruosas». Presentó a William Henry Johnson, un hombre afroamericano con microcefalia, como un «eslabón perdido» entre el hombre y el mono, deshumanizándolo para alimentar las teorías racistas de la época.

No había empoderamiento en el escenario; había exhibición morbosa. Si bien algunos de sus empleados ganaron buen dinero (más del que hubieran ganado en la calle), la relación era estrictamente transaccional. Barnum los veía como activos depreciables.


El Gran Fraude

P.T. Barnum fue un genio del marketing, sí. Inventó la publicidad moderna, los trucos de prensa y el concepto del «Humbug» (fraude inofensivo). Pero llamarlo un héroe humanitario es como llamar a un tiburón «socorrista».

The Greatest Showman es una película magnífica si la ves como una fantasía musical, un universo alternativo donde la bondad triunfa. Pero es peligroso confundir esa ficción con la historia. El verdadero Barnum no cantaba con sus empleados bajo la luna; contaba el dinero que había ganado vendiendo la dignidad de personas vulnerables.

La próxima vez que veas la película, disfrútala por la música, pero recuerda: el verdadero «Gran Showman» no fue el hombre que los liberó, fue el hombre que vendió las entradas. Y si quieres profundizar más en cómo la obsesión de Barnum por demostrar su valía casi destruye lo que realmente importaba, este análisis te hará ver la película con otros ojos.