El hombre que nos enseñó a mirar al cielo… y a dudar de todo
En un país donde creemos en la Virgen que se aparece en una tortilla y en el primo que “sí vio al nahual”, tenía que existir un profeta del espacio exterior. Y ese es Jaime Maussan: mitad periodista incómodo, mitad cazador de luces en el cielo, 100% personaje cultural imposible de cancelar.
En el más reciente episodio de El Portal Perdido nos metimos —sin casco y sin escepticismo moderado— en la biografía del hombre que pasó de romper ratings con reportajes sociales a exhibir presuntas momias alienígenas en el Congreso. Porque sí, esa transición solo puede ocurrir en México.
Y no, no todo empezó con un marcianito de utilería.
El periodista que sí sabía hacer periodismo (aunque hoy lo duden)
Antes de que los memes lo convirtieran en el tío conspiranoico favorito de Twitter, Maussan era el “pupilo de oro” de Jacobo Zabludovsky. En tiempos donde el periodismo televisivo era solemne, acartonado y profundamente oficialista, el joven Jaime tenía algo que hoy llamaríamos “hambre de rating”.
Su reportaje El Francotirador de Coyoacán alcanzó 50 puntos de rating. Cincuenta. Hoy eso solo lo lograría el fin del mundo transmitido en cadena nacional o el regreso de Chespirito versión multiverso.
Y luego vino Niños Drogadictos, que le valió el Premio Nacional de Periodismo. En una televisión que prefería el humor blanco de El Chavo del Ocho, Maussan decidió mostrar la cruda realidad. Nada de risas enlatadas. Nada de pastelazos. Solo México, tal cual.
En los años 80, dentro de 60 Minutos, empezó a hablar de calentamiento global, derretimiento de los polos y crisis energética cuando el resto del país seguía más preocupado por la tanda y el Mundial.
Sí, el mismo hombre que hoy muestra radiografías de seres interplanetarios fue de los primeros en alertar sobre la vaquita marina y el desastre ecológico.
Plot twist digno de Netflix.
El eclipse del 91 y el nacimiento del apóstol cósmico
Todo cambió en 1991. El eclipse solar cayó sobre México y, con él, una lluvia de VHS granulados llenos de “luces extrañas”. Lo que empezó como una sección llamada Tercer Milenio terminó absorbiendo por completo su identidad profesional.
Ahí nació el Maussan que hoy conocemos: el hombre que no duerme porque alguien, en algún lugar del planeta, grabó algo borroso en el cielo.
Pero también ahí comenzaron las pifias.
El caso de Jonathan Reed y su “brazalete de teletransportación” fue básicamente el momento en que internet dijo: “Señor, ya siéntese”. Luego vino el “Ser de Metepec” (spoiler: era un mono tití con mal día de peluquería) y más recientemente las “momias de Nazca”, presentadas incluso en el Congreso mexicano como si estuviéramos en una secuela de Men in Black producida por el INE.
¿Fraudes? Sí.
¿Espectáculo? También.
¿Entretenimiento involuntario? Absolutamente.
¿Por qué a él no lo cancelamos del todo?
Aquí viene lo incómodo.
En México perdonamos casi todo si hay trayectoria. A Gloria Trevi se le reconstruyó la narrativa. A Jacobo se le canonizó en retrospectiva. Pero a Maussan lo convertimos en meme eterno.
¿Por qué?
Quizá porque su “pecado” no fue moral sino epistemológico. No se le acusa de corrupción sistémica, sino de creer demasiado. De emocionarse. De lanzarse sin red a investigar cosas que la academia preferiría ignorar.
Maussan no depende de una televisora. Produce, transmite, se autoparodia en comerciales de Netflix y monetiza su propia leyenda. Se juega su prestigio y su dinero en cada conferencia.
Y aunque el 80% de los casos terminen siendo drones, globos o monos mal rasurados, queda ese 20% inexplicable. Ese margen incómodo donde la ciencia todavía no responde con claridad. Ahí vive Maussan. Ahí respira.
Entonces… ¿héroe o entusiasta?
Quizá la pregunta está mal planteada.
Jaime Maussan es una pieza fundamental de la cultura pop mexicana. Es el hombre que nos enseñó que mirar al cielo también es un acto político. Que cuestionar lo que vemos es válido. Incluso cuando nos equivocamos.
En un país acostumbrado a que nos mientan desde el poder, resulta casi entrañable que alguien nos mienta —o se equivoque— mirando hacia las estrellas.
Creerle es opcional. Burlarse es gratis. Pero ignorarlo es imposible.
Mientras exista una luz extraña en el cielo y alguien con una cámara temblorosa dispuesto a grabarla, Maussan seguirá teniendo pantalla.
Y nosotros seguiremos viendo.
