Imagina que viajas en el tiempo. Llevas tus mejores galas y aterrizas en el Salón de los Espejos del Palacio de Versalles, año 1680. A tu alrededor, la escena es digna de una superproducción de Netflix: pelucas empolvadas que desafían la gravedad, sedas traídas de Oriente, rubíes del tamaño de huevos de codorniz y la música de Lully sonando de fondo. Es la cúspide de la civilización occidental.

Te acercas emocionado a un duque para saludarlo y, de repente, te golpea. No es su carisma. Es un olor nauseabundo. Una mezcla densa y caliente de sudor rancio, aliento podrido, ropa interior usada durante semanas y… ¿es eso amoniaco? Te alejas horrorizado, solo para tropezar con un excremento humano en una esquina del pasillo dorado.

Bienvenido a la verdadera Versalles. Olvida lo que viste en Bridgerton o María Antonieta. Si pudieras oler el pasado, saldrías corriendo de vuelta a tu baño moderno y abrazarías tu inodoro llorando de gratitud. Tú, querido lector, en tu peor día de gimnasio, hueles mejor que Luis XIV en el día de su coronación.


El Enemigo Público Número Uno: El Agua

Para entender por qué la corte más rica de Europa olía a alcantarilla, primero debemos entender su miedo irracional al agua. En el siglo XVII, la comunidad médica sostenía una teoría terrorífica: el agua caliente abría los poros de la piel. Creían que, al dilatar los poros, el agua permitía que los «miasmas» (el aire corrompido que transportaba enfermedades como la peste) entraran en el cuerpo y mataran a la persona. Bañarse no era visto como un acto de higiene, sino como un deporte de riesgo mortal.

Existe la leyenda popular de que Luis XIV, el Rey Sol, se bañó completamente solo tres veces en su vida (y las tres veces por prescripción médica, tras lo cual se dice que tuvo dolores de cabeza terribles). Aunque los historiadores modernos matizan que el rey sí se «limpiaba», el método era atroz: se frotaba la cara y las manos con un paño empapado en alcohol o vino. El resto del cuerpo quedaba cubierto bajo capas de lino y sudor acumulado. La «limpieza en seco» era el estándar de oro.


Versalles: Una Cloaca de Oro

Si la higiene personal era mala, la infraestructura sanitaria era inexistente. Versalles fue construido para impresionar, no para vivir. El palacio albergaba a miles de personas (entre nobleza, sirvientes y visitantes), pero tenía un defecto de diseño fatal: no tenía baños.

Las crónicas de la época son gráficas y repugnantes. Ante la falta de letrinas (o porque las pocas que había estaban desbordadas), los nobles aliviaban sus necesidades fisiológicas donde podían: detrás de las cortinas de terciopelo, en los pasillos oscuros, en las chimeneas o directamente en los jardines inmaculados.

El historiador Anthony Rowley describe Versalles como un lugar donde «las heces y la orina llovían por las ventanas». Las doncellas vaciaban los orinales desde los pisos superiores al patio interior, a veces sin avisar. Un paseo por los jardines reales no era un respiro de aire fresco, sino un campo minado de desechos humanos fermentándose al sol. Incluso existía un «permiso real» tácito para orinar en las esquinas de las escaleras principales. El hedor era tan penetrante que los sirvientes quemaban hierbas aromáticas constantemente, no para ambientar, sino para evitar que los invitados vomitaran.


La Verdad sobre el Perfume (y las Flores)

Aquí es donde entra el mito romántico del perfume francés. Hoy asociamos Chanel o Dior con la elegancia. En el siglo XVII, el perfume era una herramienta de guerra química. Los nobles no usaban aromas florales suaves. Se bañaban literalmente en almizcle, ámbar gris y civeta (secreciones glandulares de animales) porque eran los únicos olores lo suficientemente potentes para enmascarar el hedor a cuerpo sucio y ropa podrida.

¿Y los ramos de flores de las novias? No eran decorativos. Originalmente, las mujeres cargaban ramos de flores fuertes cerca de la nariz para no desmayarse por el olor de los invitados y del novio.


Debajo de la Peluca

Finalmente, hablemos del símbolo de estatus definitivo: las pelucas. Esas enormes estructuras blancas no solo servían para demostrar riqueza o tapar la calvicie (causada a menudo por la sífilis, otra invitada frecuente en la corte). Eran nidos de parásitos.

Para usar una peluca, el noble se afeitaba la cabeza (para evitar piojos propios), pero las pelucas, hechas de pelo humano o de cabra, se infestaban rápidamente. Para «limpiarlas», las hervían en hornos de panaderos o las llenaban de polvos de talco y harina para asfixiar a los bichos. De ahí el término «empolvarse la nariz» o las pelucas blancas; era harina ocultando la suciedad. En una cena de gala, no era raro ver un piojo saltar de la cabeza de un conde al plato de sopa.


El Lujo de la Tubería

Es fácil romantizar el pasado cuando lo vemos en 4K, con actores perfectamente maquillados y dientes blanqueados. Pero la realidad sensorial de la historia es mucho menos atractiva. 

La próxima vez que te quejes de tener que limpiar tu baño o de que se acabó el agua caliente, recuerda al Rey Sol, Luis XIV, que construyó el palacio más grandioso de la Tierra, comía en platos de oro macizo y tenía el poder absoluto sobre Francia. Pero tú, con tu ducha diaria, tu desodorante de supermercado y tu inodoro con cisterna, vives con un nivel de lujo y dignidad física que él ni siquiera pudo soñar. Eres, en términos higiénicos, superior a la realeza. Y créeme, si Luis XIV pudiera olerte hoy, te envidiaría.

Si después de leer esto aún tienes estómago y quieres ver con tus propios ojos el nivel de inmundicia que se escondía tras el oro, este video te dará el tour completo: