“En mis tiempos todo costaba más”. Esta frase ha sobrevivido guerras, crisis económicas, cambios tecnológicos y generaciones enteras. La dijeron los abuelos, luego los padres, y hoy la repiten los millennials mirando a la Generación Z. Curiosamente, todos están convencidos de lo mismo: que la generación que viene detrás tiene la vida más fácil. Pero ¿y si el problema no es quién sufre más, sino que cada época duele de forma distinta?

Desde afuera, la vida ajena siempre parece más simple. Las nuevas generaciones crecen con tecnologías que las anteriores no tuvieron, con derechos que antes no existían y con discursos que parecen abrir caminos. Eso genera la ilusión de ventaja. Sin embargo, esa misma “facilidad” suele venir acompañada de presiones nuevas, incertidumbres distintas y retos que antes ni siquiera existían.

Las generaciones pasadas crecieron con menos opciones, pero con caminos más claros. Estudiar, trabajar, ahorrar, formar una familia. El guión era rígido, sí, pero entendible. Hoy el menú es infinito, pero la ansiedad también. Tener más elecciones no siempre significa tener más tranquilidad.

Uno de los factores clave detrás de esta percepción es el sesgo de memoria. Tendemos a recordar nuestras dificultades como más duras de lo que fueron y a minimizar los apoyos que sí tuvimos. Al mismo tiempo, idealizamos la vida de los jóvenes porque vemos el resultado sin vivir el proceso emocional que lo acompaña. Nadie ve el desgaste mental ajeno desde afuera.También entra en juego el contexto económico. Para generaciones anteriores, el esfuerzo se medía en trabajo físico y estabilidad a largo plazo. Hoy, muchas personas jóvenes enfrentan salarios precarios, mercados laborales saturados, alquileres imposibles y una sensación constante de que “hacerlo todo bien” no garantiza nada. Desde fuera, trabajar desde una laptop puede parecer cómodo; desde dentro, puede significar vivir sin horarios, sin seguridad y con una presión constante por ser productivo.

La tecnología, que suele ser el principal argumento del “la tienen más fácil”, es una espada de doble filo. Sí, permite aprender más rápido, emprender antes y conectarse con el mundo. Pero también expone a la comparación constante, a la cultura del rendimiento 24/7 y a la sensación de que siempre hay alguien haciéndolo mejor. Antes, el fracaso era privado; hoy, es público y medible en likes, vistas y seguidores.

Otro punto clave es la salud mental. Las generaciones anteriores crecieron con la idea de aguantar, callar y seguir. Eso no significa que sufrieran menos, sino que no tenían lenguaje ni espacios para nombrar lo que sentían. Las generaciones actuales hablan más de ansiedad, depresión y agotamiento, lo que muchas veces se confunde con debilidad. En realidad, es una forma distinta, y necesaria, de enfrentar el malestar.

Además, cada generación carga con sus propios miedos colectivos. Antes eran las guerras, la escasez o la supervivencia básica. Hoy son el colapso climático, la inestabilidad global, la automatización del trabajo y un futuro que no promete ser mejor que el presente. Crecer con la sensación de que el mundo va cuesta abajo también pesa, aunque no sea tan visible.

Entonces, ¿por qué insistimos en comparar dolores? Porque comparar nos da control. Pensar que “yo sufrí más” valida nuestras decisiones y nos tranquiliza frente a cambios que no entendemos. Aceptar que cada generación enfrenta dificultades diferentes implica reconocer que el mundo cambia, y que no siempre sabemos cómo funciona el nuevo.

La verdad incómoda; nadie la ha tenido fácil, solo distinto. Unos lucharon por sobrevivir, otros por encajar, otros por no colapsar. El sufrimiento no es una competencia, y la nostalgia suele maquillarlo todo.

Tal vez el verdadero problema no es que la siguiente generación lo tenga más fácil, sino que no entendemos sus batallas. Y quizá, en lugar de repetir “antes sí era difícil”, valdría más preguntar: ¿qué es lo difícil ahora?

Porque si algo se repite en todas las generaciones, no es la facilidad, sino la idea de que los demás no están cargando tanto como uno. Y esa, curiosamente, sí es una ilusión que nunca pasa de moda.

Aquí te dejo un video que describe cada generación, para que sepas a cuál perteneces.