Es una de las críticas más repetidas en las discusiones sobre princesas Disney, un argumento que se ha convertido casi en un dogma del feminismo pop moderno: «Ariel es el peor modelo a seguir porque renunció a su voz, a su familia y a su identidad solo para perseguir a un hombre que vio durante cinco minutos».
Visto superficialmente, la premisa parece irrefutable. Una adolescente hace un pacto con una bruja, se mutila simbólicamente (perdiendo su voz) y cambia su cuerpo, todo para conseguir el «beso de amor verdadero». Bajo esta luz, La Sirenita (1989) parece una historia de sumisión femenina.
Sin embargo, esta interpretación tiene un problema fundamental: ignora por completo los primeros 20 minutos de la película.
Si rebobinamos la cinta y prestamos atención a la cronología de los eventos y a las motivaciones del personaje, la historia cambia radicalmente. Ariel no es una niña tonta enamorada que lo deja todo por un chico. Ariel es una mujer joven atrapada en un hogar opresivo que lleva años planeando su fuga hacia una cultura que le apasiona.
El Príncipe Eric no fue la causa de su partida; fue simplemente el catalizador.

La Antropóloga del Océano
Para entender la verdadera motivación de Ariel, debemos mirar su cueva. Mucho antes de saber que Eric existía, Ariel ya tenía una colección masiva de artefactos humanos. No guardaba estos objetos porque le recordaran a un novio (que no tenía), sino porque le fascinaba la cultura humana.
Ariel es, en esencia, una antropóloga o una socióloga amateur. Estudia a «la otra» especie con una curiosidad científica y cultural que nadie más en su mundo comparte.
Analicemos la canción «Part of Your World» (Parte de tu mundo). Esta es la canción «I Want» (el momento musical donde el protagonista declara su objetivo), y es la pieza de evidencia más crucial de esta teoría. ¿Por qué? Porque la canta antes de conocer a Eric.
En la letra, Ariel no dice «quiero un novio» o «quiero que me amen». Ella canta sobre querer ver gente bailando, aprender qué es el fuego y por qué quema, entender cómo caminan las personas. «Quiero saber, quiero saber lo que saben ellos… Preguntarles mis dudas y obtener respuestas».
Su anhelo es puramente intelectual y existencial. Se siente asfixiada por las limitaciones físicas de su especie y las limitaciones geográficas del océano. Ariel quiere acceso al conocimiento, no solo acceso al romance.

El Rey Tritón y el Hogar Opresivo
El segundo factor que a menudo se pasa por alto es la dinámica familiar tóxica bajo el mar. El Rey Tritón no es solo un padre sobreprotector; es un gobernante autoritario y xenófobo. Odia a los humanos con un prejuicio ciego («son todos unos salvajes») y prohíbe terminantemente cualquier contacto con su cultura.
Para una mente curiosa y abierta como la de Ariel, vivir bajo el mandato de Tritón es una prisión ideológica.
El punto de quiebre de la película no es cuando Ariel se enamora de Eric; es cuando Tritón destruye su cueva. Cuando el padre entra en el santuario de su hija y, en un ataque de ira, pulveriza su colección —su trabajo de vida, su pasión, su identidad privada—, rompe el vínculo de seguridad que existía. En ese momento, Ariel no decide volverse humana porque quiera besar al príncipe. Decide volverse humana porque ya no tiene nada que perder bajo el mar. Su hogar ha sido ultrajado y su padre ha demostrado que nunca aceptará quién es ella realmente. El pacto con Úrsula, aunque imprudente, es un acto desesperado de emancipación. Es la huida de un hogar donde no se le permite ser ella misma.

Eric: El Billete de Salida, no el Destino
Aquí es donde entra Eric. Sí, Ariel se enamora de él. Es guapo, es valiente y, crucialmente, es humano. Pero en la estructura narrativa, Eric funciona como el visado. Ariel ya quería ir al «mundo de arriba». Llevaba años soñando con ello. Eric simplemente le dio una cara y un nombre a ese mundo abstracto. Él representaba todo lo que ella ya deseaba: la vida en la superficie, la libertad de movimiento (piernas) y una cultura diferente.
Pensar que Ariel dejó el mar solo por Eric es como decir que alguien se muda a Nueva York solo porque le gustó un neoyorquino que vio en una foto. El neoyorquino puede ser la excusa final para comprar el billete de avión, pero el deseo de vivir en la ciudad ya estaba allí.
Además, cuando Ariel llega a la superficie, la película se toma el tiempo de mostrar su emoción por todo. Se emociona al ver sus piernas, al vestirse, al cenar con tenedor (o «cachivache»), al pasear por el pueblo. Su alegría no depende exclusivamente de la presencia de Eric, sino de la experiencia de la vida humana.

Recuperando la Narrativa
Reducir la historia de Ariel a «dejarlo todo por un hombre» es un flaco favor al personaje. Ariel fue la primera princesa Disney activa. Ella salva al príncipe de ahogarse (invirtiendo el tropo de la damisela en apuros), se enfrenta a su padre, negocia con una bruja y toma decisiones drásticas para cambiar su destino.
Se equivocó, sí. El contrato con Úrsula era una trampa. Pero fue su error, nacido de su deseo de más.
Ariel nos enseña que está bien sentir que no encajas en el lugar donde naciste. Nos enseña que la curiosidad por lo desconocido vale la pena el riesgo. Y, sobre todo, nos recuerda que a veces, para encontrar quiénes somos realmente, tenemos que salir de la sombra de nuestros padres y atrevernos a caminar (o correr) por mundos nuevos.
Así que no, Ariel no dejó el mar por un hombre. Dejó el mar porque el océano le quedaba pequeño a sus sueños.
Si quieres profundizar en este análisis con un toque de humor y ver cómo esta teoría se sostiene escena por escena, no te pierdas este video ensayo que le hace justicia a nuestra sirena favorita.
