Despiertan a las 5:00 a.m. sin alarma. Abren cortinas blancas que dejan entrar una luz dorada perfecta. Preparan un matcha en una cocina minimalista, entrenan frente al mar, trabajan en una laptop impecable y terminan el día leyendo un libro de tapa dura bajo sábanas de lino. Todo cabe en menos de un minuto. Todo parece alcanzable. Y, sin embargo, no lo es.
Los videos de morning routines, day in my life y el llamado soft flexing se han convertido en uno de los formatos más consumidos en redes sociales. Personas que muestran una versión altamente idealizada de su vida cotidiana (más productiva, más estética, más saludable, más rica) generan millones de vistas. La pregunta es inevitable: ¿por qué nos encanta ver a gente que aparentemente vive mejor que nosotros?
La respuesta no es tan superficial como parece.
1. El placer de mirar hacia arriba
Desde la psicología social, existe un concepto clave: la comparación social ascendente. Naturalmente tendemos a compararnos con quienes percibimos como “mejores” en algún aspecto. Aunque esto puede afectar la autoestima, también tiene un componente aspiracional. Ver a alguien que entrena todos los días, que viaja constantemente o que tiene una rutina organizada activa en nosotros la idea de “yo también podría”.
Estos videos funcionan como pequeñas cápsulas de motivación. Nos venden una narrativa clara: disciplina + buenos hábitos = vida ideal. Aunque sabemos que hay edición, filtros y omisiones, nuestro cerebro responde a lo que ve. Y lo que ve es orden, belleza y éxito.
En cierto sentido, mirar estas vidas nos da una sensación de dirección. Nos ofrece un modelo.

2. El algoritmo del deseo
Las plataformas digitales están diseñadas para amplificar aquello que genera emoción. Y pocas cosas generan más reacción que el contraste: ver algo que no tenemos, pero deseamos.
El algoritmo entiende que si un video nos retiene más de 5 segundos, queremos más de eso. Así, se crea un bucle. Más rutinas perfectas, más departamentos luminosos, más “días productivos”. No es casualidad que estos contenidos estén tan cuidadosamente iluminados, musicalizados y editados: están pensados para ser visualmente satisfactorios.
Hay una gratificación casi estética en ver espacios limpios, comidas ordenadas, agendas estructuradas. Es el equivalente digital de ver una habitación recién arreglada. Produce calma, aunque no sea nuestra.

3. Soft flexing: presumir sin parecer que presumes
El soft flexing es una forma sutil de mostrar estatus. No es el lujo exagerado de los autos deportivos o relojes carísimos. Es algo más sofisticado: una bolsa de diseñador “casualmente” en el fondo, un vuelo en primera clase grabado como si fuera normal, una oficina con vista a la ciudad sin mencionar cuánto costó.
Este tipo de contenido funciona porque no parece arrogante. Está disfrazado de cotidianidad. Y eso lo hace más potente.
Cuando alguien muestra su rutina “normal” y esa normalidad incluye pilates privado, brunch entre semana y trabajo remoto desde Europa, se redefine el estándar. Lo extraordinario se presenta como ordinario. Y nosotros lo consumimos con una mezcla de admiración y ligera incomodidad.

4. La ilusión de control
En un mundo incierto (crisis económicas, noticias constantes, presión laboral) estos videos ofrecen una fantasía de control absoluto. Todo está en orden. Todo está planificado. Nada parece improvisado.
Ver a alguien que tiene su día estructurado desde el primer minuto transmite estabilidad. Es reconfortante pensar que, si adoptamos esa rutina, podríamos alcanzar ese mismo equilibrio.Las morning routines se han convertido casi en rituales modernos. No solo muestran hábitos; venden una filosofía de vida: si empiezas bien tu día, todo lo demás se acomodará.

5. Entre inspiración y comparación tóxica
Sin embargo, el consumo constante de este tipo de contenido tiene un lado oscuro. Diversos estudios han vinculado el uso intensivo de redes sociales con mayores niveles de insatisfacción y ansiedad, especialmente cuando la comparación es constante.
El problema no es ver una vida mejor. El problema es olvidar que estamos viendo una versión editada.
Nadie sube el video del día en que no quiso levantarse. Nadie muestra la discusión antes de grabar el desayuno perfecto. Nadie comparte el estrés financiero detrás del estilo de vida.
Lo que vemos es un tráiler, no la película completa.

6. ¿Por qué seguimos viendo?
Porque, en el fondo, no solo estamos viendo la vida de alguien más. Estamos viendo una versión idealizada de la nuestra.
Proyectamos. Imaginamos. Fantaseamos.
Es un entretenimiento aspiracional. Así como antes veíamos revistas de lujo o programas sobre mansiones, hoy consumimos mini-documentales personales en TikTok o Instagram.
Además, estos videos tienen algo íntimo. Nos permiten entrar a espacios privados: habitaciones, baños, agendas, pensamientos. Esa cercanía genera conexión. Sentimos que conocemos a la persona. Y esa sensación de proximidad reduce la distancia social, incluso cuando la diferencia económica es enorme.
7. El equilibrio posible
No todo es negativo. Estos contenidos pueden motivarnos a mejorar hábitos, organizarnos mejor o cuidar nuestra salud. El problema surge cuando se convierten en un estándar rígido.
Tal vez la clave no sea dejar de verlos, sino aprender a consumirlos con conciencia. Recordar que una rutina de 60 segundos puede haber tomado horas en grabarse. Que el éxito visible muchas veces está respaldado por privilegios invisibles.
La próxima vez que veas una morning routine perfecta, pregúntate: ¿me inspira o me presiona?
Si te inspira, tómala como referencia. Si presiona, desliza.
Porque al final, la vida real no siempre tiene luz dorada a las 5 a.m. Y eso también está bien.
Aquí te dejo un video que hace una crítica hacia este tipo de contenido.
