Escalar el Monte Everest es el símbolo definitivo del triunfo humano. En nuestra imaginación, llegar a la cima a 8.848 metros de altura es una escena de gloria, heroísmo y superación personal. Pero la realidad es mucho más oscura. Cuando los alpinistas pagan decenas de miles de dólares para conquistar el techo del mundo, nadie les advierte que su camino estará pavimentado con los cuerpos congelados de quienes lo intentaron antes que ellos.

En el Everest, las reglas de la civilización y la empatía dejan de existir. Por encima de los 8.000 metros, entras en lo que los montañistas llaman la «Zona de la Muerte». Y en esta zona, si mueres, te quedas ahí para siempre. Tanto es así, que los cadáveres de los escaladores caídos se han convertido literalmente en señales de tráfico.


El macabro «Valle Arcoíris»

Justo debajo de la cumbre, en la cara norte de la montaña, existe un área conocida por los escaladores como el Valle Arcoíris. El nombre suena alegre, casi sacado de un cuento infantil, pero su origen es espeluznante.

Se le llama así por los colores brillantes —rojo neón, azul eléctrico, verde fluorescente y naranja— que salpican la inmaculada nieve blanca. Esos colores no son banderas ni tiendas de campaña; son las chamarras y equipos de alta montaña de más de 200 cadáveres que yacen congelados en la ladera. Como la ropa de montañismo está diseñada para ser ultra visible, los cuerpos resaltan a kilómetros de distancia, creando un macabro arcoíris humano.


«Botas Verdes»: El hito más famoso del mundo

El ejemplo más perturbador de esta realidad es un cadáver conocido mundialmente como «Green Boots» (Botas Verdes).

Se cree que el cuerpo pertenece a Tsewang Paljor, un escalador indio que murió durante una brutal tormenta en 1996. Paljor buscó refugio en una pequeña cueva de piedra caliza a 8.500 metros de altura, se acurrucó para protegerse del frío y nunca más despertó.

Como la cueva de «Botas Verdes» está ubicada justo en la ruta principal de ascenso, su cuerpo se convirtió en un punto de referencia oficial. Durante casi dos décadas, los escaladores se decían unos a otros en los campamentos base: «Cuando llegues a la cueva de Botas Verdes, sabes que estás a unas horas de la cumbre. Gira a la derecha y sigue subiendo».

Los alpinistas literalmente tenían que pasar por encima de sus piernas extendidas, con sus inconfundibles botas verde neón, para continuar su camino. No era una falta de respeto; era una necesidad topográfica.


La tragedia de «La Bella Durmiente»

Otro caso desgarrador es el de Francys Arsentiev, una alpinista que en 1998 se convirtió en la primera mujer estadounidense en llegar a la cima sin oxígeno suplementario. Durante el descenso, colapsó.

Lo aterrador del Everest es que perder la vida rara vez es rápido. Francys estuvo agonizando en la nieve durante días. Varios escaladores pasaron a su lado mientras ella aún vivía, suplicando: «Por favor, no me dejen».

Un equipo intentó ayudarla, arriesgando sus propias vidas durante una hora, pero tuvieron que abandonarla cuando su propio oxígeno empezó a agotarse. La llamaron «La Bella Durmiente» porque su rostro, pálido como el mármol, quedó a la vista de todos los que pasaban por esa ruta durante casi una década, hasta que en 2007 un escalador organizó una expedición especial solo para empujar su cuerpo por un acantilado y darle por fin un entierro en la montaña, fuera de la vista del público.


¿Por qué simplemente no los bajan?

La pregunta que todo el mundo se hace al leer esto es: ¿Por qué, con tanta tecnología y dinero, no bajan los cuerpos a sus familias? La respuesta es una mezcla letal de física y biología.

  1. El aire es demasiado fino: Los helicópteros comerciales no pueden volar a 8.000 metros de altura porque el aire no tiene la densidad suficiente para que las hélices generen sustentación. Rescatarlos por aire es imposible.
  2. El peso del hielo: Un cuerpo humano congelado en la Zona de la Muerte no pesa lo mismo que un cuerpo normal. Con el hielo adherido, un cadáver puede superar los 150 kilos y es tan rígido como una estatua de granito.
  3. El riesgo extremo: A esa altura, el cuerpo humano literalmente se está muriendo a cada segundo por la falta de oxígeno. Levantar un pie cuesta un esfuerzo monumental. Para bajar un solo cuerpo se necesitaría un equipo de seis a ocho Sherpas en perfecta salud, arriesgando sus propias vidas en cada paso. Históricamente, los intentos de rescatar cadáveres han terminado con la muerte de los rescatistas.

La cruda regla no escrita del Everest es: si mueres ahí, le perteneces a la montaña.


La pérdida de la empatía

Sobrevivir en el Everest requiere un estado mental casi sociópata. Cuando el cerebro humano recibe solo un tercio del oxígeno normal, las funciones cognitivas cambian. La ética y la moral desaparecen; solo queda el instinto de supervivencia. Pasar por encima de un cuerpo congelado, o ignorar los quejidos de un compañero moribundo, no es un acto de maldad pura; es la única forma de asegurar que tú no serás la próxima señal de tráfico de colores en la montaña.

El Everest no es un parque de atracciones. Es un cementerio al aire libre, un monumento helado a la ambición humana y un recordatorio escalofriante de que, sin importar cuánto dinero tengas o cuán fuerte seas, la naturaleza siempre tiene la última palabra.

Si tienes la curiosidad, este video te contará 10 cosas que no sabías sobre el monte Everest.