Es una de las historias más repetidas por los guías turísticos en Agra y una de las leyendas más macabras de la historia de la arquitectura. Se cuenta que, cuando el Taj Mahal fue completado en 1653, el emperador mogol Shah Jahan estaba tan obsesionado con la perfección de su obra que ordenó una atrocidad final.
Según el mito, hizo llamar a los 20.000 obreros, albañiles, talladores de piedra y calígrafos que habían trabajado en el monumento. Para asegurarse de que jamás pudieran construir nada que rivalizara con la belleza del Taj Mahal, el emperador ordenó que les cortaran las manos (y en algunas versiones, que les sacaran los ojos).
La imagen es potente: un monumento al amor eterno construido sobre una montaña de extremidades amputadas. Pero, ¿qué hay de cierto en esto?

La verdad: No hubo manos cortadas, hubo algo peor
Los historiadores y arqueólogos han buscado durante décadas pruebas de esta masacre. No existen. No hay registros en las crónicas mogoles, no hay fosas comunes de esqueletos mutilados, y no hay testimonios de viajeros extranjeros de la época que mencionen tal barbarie. De hecho, sabemos que muchos de esos artesanos pasaron a trabajar en otros proyectos del emperador, como el Fuerte Rojo de Delhi. La historia de las manos cortadas es, casi con total seguridad, una leyenda urbana creada siglos después para añadir dramatismo a la tumba.
Sin embargo, respirar aliviado sería un error. La realidad de la construcción del Taj Mahal no necesita mitos sangrientos para ser terrorífica. El verdadero crimen de Shah Jahan no fue contra las manos de sus obreros, sino contra los estómagos de su pueblo.

El hambre mientras el mármol brillaba
El Taj Mahal comenzó a construirse en 1632. Exactamente en esos mismos años (de 1630 a 1632), el Imperio Mogol fue azotado por una de las peores catástrofes humanitarias de su historia: la Hambruna del Decán.
Mientras Shah Jahan importaba toneladas de mármol blanco de Makrana, jade de China, turquesas del Tíbet y zafiros de Sri Lanka, sus súbditos se morían de hambre en las cunetas. Los registros históricos, como los del viajero británico Peter Mundy que estaba allí en ese momento, son espeluznantes. Mundy describió caminos bloqueados por cadáveres que nadie tenía fuerzas para enterrar. Relató cómo el precio del trigo se disparó tanto que «los hombres abandonaban a sus mujeres y los padres vendían a sus hijos» por un trozo de pan. Y cuando no quedaba nada, el horror descendió al canibalismo: «la gente empezó a comerse a sus propios muertos». Se estima que murieron entre 3 y 7 millones de personas.
Aquí radica la verdadera «leyenda negra». Mientras millones perecían y el imperio necesitaba desesperadamente ayuda y recursos, el emperador desviaba una cantidad obscena de los impuestos y la riqueza del estado para construir una tumba. El Taj Mahal costó aproximadamente 32 millones de rupias de la época. Para ponerlo en perspectiva, eso era una fortuna capaz de vaciar las arcas de un estado entero.
Los obreros no eran esclavos encadenados, cobraban un salario. Pero eran parte de un sistema de «esclavitud financiera»: el campesinado era exprimido con impuestos brutales para financiar los caprichos arquitectónicos de un monarca que priorizaba a su esposa muerta sobre sus ciudadanos vivos.

El karma de un hijo cruel
La historia, sin embargo, tiene un sentido de justicia poética muy retorcido. El gasto desmedido de Shah Jahan no salió gratis. Su obsesión por la opulencia y su desconexión con la realidad debilitaron la economía del imperio y enfurecieron a su propia familia.
En 1658, apenas cinco años después de terminar el Taj Mahal, su propio hijo, Aurangzeb, dio un golpe de estado. Aurangzeb era un hombre austero, religioso y despiadado que veía el despilfarro de su padre como un pecado y una debilidad política. Aurangzeb asesinó a sus hermanos (los herederos favoritos) y fue a por su padre. Pero no lo mató. Le reservó un destino más cruel e irónico.
Shah Jahan fue encerrado en el Fuerte de Agra, en la torre Musamman Burj. No era una mazmorra oscura, sino una jaula de oro con balcones de mármol. El castigo era la vista. Desde su ventana, el emperador destronado tenía una visión perfecta y directa de su gran creación: el Taj Mahal, brillando al otro lado del río Yamuna. Durante ocho largos años, hasta su muerte en 1666, el hombre que había gobernado el mundo y dejado morir a millones por construir un mausoleo, se vio reducido a ser un viejo prisionero que solo podía mirar su obra maestra desde lejos, sin poder pisarla jamás. Se dice que, en sus últimos días, cuando estaba demasiado débil para levantarse de la cama, usaba un pequeño espejo de diamante incrustado en la pared para ver el reflejo del Taj Mahal.

La belleza y el horror
Visitar hoy el Taj Mahal es una experiencia sobrecogedora. Es, indiscutiblemente, uno de los edificios más hermosos del planeta. Pero cuando te pares frente a él y admires su simetría perfecta, recuerda que la leyenda de las manos cortadas es una mentira piadosa.
La verdad es mucho más pesada. Esos muros blancos no se levantaron sobre sangre derramada por capricho, sino sobre la indiferencia de un gobernante que construyó el paraíso para un cadáver mientras la tierra a su alrededor se convertía en un infierno para los vivos. Al final, el Taj Mahal no es solo un monumento al amor; es también el monumento funerario más caro de la historia, pagado con la ruina de un imperio.
Si quieres ver cómo se construyó esta maravilla sobre pozos secretos para evitar que se hundiera en el río y descubrir qué hay realmente en las tumbas subterráneas (spoiler: las de arriba están vacías), este video te lo explica en 10 minutos.
