Septiembre de 1910. La Ciudad de México se vestía de gala para celebrar el Centenario de la Independencia. El presidente Porfirio Díaz, obsesionado con mostrarle al mundo que México era una nación de primer mundo a la altura de Europa, inauguró con bombo y platillo el Manicomio General de La Castañeda, ubicado en los terrenos de una antigua hacienda pulquera en Mixcoac.
El edificio era una obra maestra de la arquitectura francesa. Tenía jardines impecables, pabellones divididos por tipo de padecimiento, una biblioteca, cine, y la promesa de ser el hospital psiquiátrico más lujoso, avanzado y humanitario de toda América Latina.
Pero detrás de esa majestuosa fachada de cantera, se ocultaba una maquinaria de terror. Lo que comenzó como un símbolo de progreso y ciencia moderna, se transformó rápidamente en la fosa común de los indeseables, un matadero de almas del que nadie, ni siquiera los cuerdos, podía escapar.

El basurero social de la capital
El diseño original de La Castañeda contemplaba albergar a unos 1,000 pacientes con el máximo confort. Sin embargo, en cuestión de años, la población se disparó a más de 3,000. El presupuesto desapareció, la comida se pudrió y el hospital colapsó. Pero el verdadero horror no era el hacinamiento, sino quiénes estaban siendo encerrados ahí.
La Castañeda dejó de ser un hospital para enfermos mentales y se convirtió en el basurero social del gobierno y de las familias de clase alta. Si eras un periodista incómodo que criticaba al régimen, amanecías internado en el Pabellón de «Peligrosos». Si eras una mujer que exigía el divorcio, una esposa desobediente o alguien que peleaba una herencia familiar, tus parientes podían sobornar a un médico para que te declarara «histérica» y te encerrara de por vida.
Allí terminaron prostitutas, indigentes, alcohólicos, homosexuales, rebeldes políticos y niños huérfanos. Una vez que las pesadas puertas de hierro de Mixcoac se cerraban a tus espaldas, perdías tus derechos humanos, tu identidad y tu voz. Eras legalmente un fantasma.

Los Pabellones del Terror y la «Ciencia» Inhumana
La vida dentro de los muros de La Castañeda era una pesadilla dantesca. Los pacientes estaban divididos en pabellones que hoy suenan a película de terror: el Pabellón de los Imbéciles, el Pabellón de los Infecciosos, el de los Agitados y el temido Pabellón de los Peligrosos.
Al no haber medicación psiquiátrica moderna ni presupuesto, los «tratamientos» eran métodos de tortura disfrazados de ciencia. A los pacientes agitados se les aplicaban sesiones de electroshock sin ningún tipo de anestesia, provocándoles convulsiones tan violentas que a menudo se fracturaban la columna vertebral o los dientes.
Utilizaban la «hidroterapia», que consistía en sumergir a las personas en bañeras de agua helada durante días enteros, cubiertos con lonas atadas al cuello para que no pudieran salir, hasta que su voluntad se quebraba o morían de hipotermia.
A los más rebeldes se les practicaban lobotomías transorbitales (introducir un picahielo por la cuenca del ojo para cortar conexiones cerebrales), dejándolos en estado vegetativo permanente para que fueran «más dóciles». Las violaciones, los asesinatos entre internos y el tráfico de órganos en la morgue del sótano eran secretos a voces en la ciudad.

La Operación Castañeda y el borrado de la historia
Para la década de 1960, el manicomio era una bomba de tiempo sanitaria y de derechos humanos. Además, se acercaban los Juegos Olímpicos de 1968, y el gobierno mexicano no podía permitirse que la prensa internacional descubriera el «infierno de Mixcoac» a plena luz del día. La orden fue tajante: había que borrar La Castañeda de la faz de la tierra.
En 1968, bajo el mandato de Gustavo Díaz Ordaz, se ejecutó la «Operación Castañeda». Los miles de internos sobrevivientes fueron subidos a camiones de carga y reubicados en otros hospitales psiquiátricos más modernos y alejados de la vista pública.
Luego, las excavadoras entraron y demolieron los pabellones manchados de sangre y sufrimiento. Destruyeron los jardines, las celdas de aislamiento y los quirófanos del terror, construyendo en su lugar un enorme complejo de viviendas y plazas comerciales. El gobierno intentó borrar toda evidencia física de las atrocidades cometidas allí.

Un fantasma de piedra en Amecameca
Pero hubo un detalle macabro que sobrevivió. Un multimillonario ingeniero llamado Arturo Quintana, fascinado por la arquitectura del edificio central, compró la majestuosa fachada francesa del manicomio antes de que fuera dinamitada. Hizo que la desmontaran piedra por piedra (numerando cada bloque) y la trasladó a su propiedad privada en Amecameca, a las faldas de los volcanes, donde la reconstruyó por completo.
Hoy, la fachada de La Castañeda sigue en pie, oculta entre los árboles, como un monumento solitario a la locura. Y aunque caminemos por Mixcoac viendo edificios modernos y el tráfico de la ciudad, debajo del asfalto aún resuenan los ecos de las miles de almas que fueron enterradas vivas en el palacio del terror que México quiso olvidar.
Si te quedaste con ganas de adentrarte aún más en las historias reales y desmenuzar los horrores que ocurrieron tras estas paredes, te recomiendo muchísimo escuchar este excelente y escalofriante episodio de EL ANTIPODCAST.
