“Los niños de ahora ya no tienen infancia”. Es una frase que escuchamos en sobremesas, reuniones familiares y conversaciones entre adultos con tono nostálgico. La imagen que suele acompañarla es clara: antes jugábamos en la calle hasta que anochecía, inventábamos mundos con una pelota, bicicletas o muñecos, regresábamos a casa sudados y felices. Hoy, en cambio, muchos niños pasan horas frente a una pantalla, deslizando el dedo sobre un iPad. Pero ¿realmente se terminó la infancia o simplemente cambió de forma?

La infancia, históricamente, ha estado ligada al juego libre. El psicólogo suizo Jean Piaget sostenía que el juego es fundamental para el desarrollo cognitivo, emocional y social. Correr, explorar y convivir enseñaba habilidades invisibles pero esenciales: negociar reglas, manejar la frustración, resolver conflictos sin intervención adulta. En el siglo XX, especialmente en los años 80 y 90, la calle funcionaba como un laboratorio social espontáneo. Las escondidas, el fútbol improvisado o las tardes en bicicleta eran experiencias formativas.

Sin embargo, el contexto actual es muy distinto. La tecnología no es el único factor; también han cambiado las dinámicas familiares, la percepción de seguridad y el ritmo de vida. En muchas ciudades, los padres sienten más miedo de dejar a sus hijos jugar solos afuera. El tráfico, la inseguridad y la falta de espacios públicos adecuados influyen directamente en que el hogar se convierta en el principal lugar de entretenimiento.
En ese entorno, el iPad aparece como una solución práctica. Es silencioso, seguro y mantiene al niño entretenido mientras los adultos trabajan o realizan otras actividades. Además, no todo el tiempo frente a la pantalla es negativo. Existen aplicaciones educativas, videojuegos que estimulan la creatividad y plataformas que fomentan habilidades digitales que serán útiles en el futuro. La llamada “generación digital” está desarrollando competencias que antes no existían, como la navegación intuitiva, la alfabetización tecnológica temprana y la comunicación virtual.
El problema surge cuando la tecnología reemplaza casi por completo el juego físico y la interacción cara a cara. Diversos estudios han señalado que el exceso de pantallas puede afectar la calidad del sueño, la capacidad de concentración y el desarrollo de habilidades sociales. A diferencia del juego en la calle, donde el movimiento y la improvisación son constantes, el consumo pasivo de contenido reduce la actividad física y limita la exploración sensorial.

También hay un componente emocional. Muchos adultos recuerdan su infancia como una época más libre y feliz, pero la memoria es selectiva. Tendemos a idealizar el pasado y olvidar los momentos aburridos o difíciles. Al comparar generaciones, puede parecer que los niños actuales “se pierden algo”, cuando en realidad están construyendo recuerdos distintos. Para ellos, jugar en línea con amigos puede tener el mismo significado social que para nosotros tenía tocar el timbre del vecino para salir a jugar.
La clave no está en demonizar la tecnología ni en romantizar el pasado. La infancia no ha desaparecido; se ha transformado. Los niños siguen riendo, imaginando historias y creando vínculos. La diferencia es el escenario donde ocurre. El reto real es encontrar un equilibrio. Especialistas en desarrollo infantil recomiendan establecer límites claros al uso de dispositivos, fomentar actividades al aire libre y promover espacios de convivencia familiar sin pantallas.
Recuperar la esencia del juego no significa prohibir el iPad, sino integrarlo de forma consciente. Salir al parque, practicar algún deporte, organizar reuniones con otros niños y permitir momentos de aburrimiento (que también estimulan la creatividad) puede marcar una gran diferencia. El aburrimiento, de hecho, es un motor poderoso para la imaginación; cuando no hay estímulos constantes, el cerebro busca crearlos.
Además, la responsabilidad no recae únicamente en los padres. Las ciudades necesitan espacios seguros, las escuelas deben promover la actividad física y las comunidades pueden impulsar actividades colectivas. La infancia es un fenómeno social, no solo familiar.

Decir que “los niños de ahora ya no tienen infancia” simplifica un fenómeno complejo. La infancia no se mide por la cantidad de horas en la calle, sino por la oportunidad de jugar, explorar y sentirse seguros. Si esas experiencias se ven limitadas, el problema no es solo el iPad, sino el entorno que hemos construido.
Tal vez la pregunta correcta no sea si la infancia se acabó, sino qué tipo de infancia queremos fomentar. Una que combine lo mejor de ambos mundos: la creatividad del juego tradicional y las oportunidades del mundo digital. Porque, al final, la infancia no es un lugar físico ni una década específica; es una etapa de descubrimiento. Y esa, mientras existan niños curiosos, no desaparecerá.
Aquí te dejo un video que advierte sobre las consecuencias de que niños pequeños tengan acceso a pantallas sin límites.
