A mis 41 años —edad en la que oficialmente te conviertes en fósil funcional con playlist de Spotify llena de bandas que “ya no hacen música como antes”— puedo decir, con la dignidad oxidada de quien sobrevivió a los noventa, que probé casi todo el catálogo de farmacología recreativa disponible para estudiantes con beca y crisis existencial. Pero ni el LSD más patriótico, ni las planillas más estampadas con caricaturas sospechosas, me prepararon para la experiencia psicodélica de escuchar a Goldy Head.
Y eso que uno cree que ya vio todo.
Goldy Head, bautizado en honor a un poema de Vladimir Mayakovsky (sí, el poeta soviético que gritaba versos como si fueran consignas), no es un artista: es una anomalía dimensional con lentejuelas. Un ser etéreo que decidió que el glam rock necesitaba volver a ser peligroso y no solo una playlist para maquillarse antes de ir al Corona Capital.
Un cóctel directo a la yugular
Escuchar a Goldy es como recibir una inyección en la yugular de un cóctel concentrado entre The Rocky Horror Picture Show, Phantom of the Paradise y la temporada más bastarda de La Rosa de Guadalupe.
Imagínate eso friéndote el cerebro como huevo estrellado a las 3 a.m. después de una peda filosófica en la Roma.
Sus letras son poesía del fin del mundo, pero con el descaro suficiente para emplear frases cósmicas como: “A la verga, Obregón, No me muerdas, tiburón” sin que suene a chiste local de open mic. Hay algo dadaista, algo cabaretero, algo deliciosamente ridículo que, a diferencia de ciertos proyectos indie que ya parecen plantilla de Canva con delay, resulta refrescante.
Goldy no le teme al exceso. Lo abraza, lo baña en glitter y lo sube al escenario con botas imposibles.
Glam rock con conciencia (y antecedentes penales)
Pero aquí es donde la cosa se pone interesante: Goldy Head no es solo un performer con background teatral y complejo de estadio. Es un gringo radicado en la Ciudad de México que decidió que el rock no sirve de nada si no incomoda a alguien con poder.
Sus primeros shows no fueron en festivales patrocinados por marcas de cerveza light, sino en eventos de ayuda mutua y recaudaciones para artes locales. Cuando no está de gira, el tipo organiza por derechos reproductivos, derechos migrantes, sindicatos de maestros, cocina en su soup kitchen local y, de vez en cuando, termina arrestado en protestas contra el cambio climático.
Es decir: Bowie con expediente judicial.
Esa mezcla de ambición progresiva —sí, prog rock en serio, no solo cambios de compás para presumir en Reddit— con activismo tangible le da un filo que el rock llevaba años perdiendo. Mientras medio mundo discute si el rock está muerto, Goldy aparece con títulos como Porn & the CIA, El Buscapleitos y Arouse the Irreversible, y básicamente prende fuego a la conversación.
Porn & the CIA y otras herejías necesarias
Hay algo profundamente subversivo en usar el teatro como arma. Goldy entiende que el escenario no es solo tarima: es púlpito, tribunal y circo romano. Cada show suyo parece un mitin glam con banda sonora para incendiar tus certezas.
Su legión de “G-Heads” —nombre que suena a secta psicodélica o club secreto de prepa privada— crece mientras prepara gira por México y Perú. Y lo más irónico es que, en una era donde todo es algoritmo y estrategia de engagement, Goldy se siente peligrosamente humano.
Desproporcionado. Exagerado. Incómodo.
Justo como el rock debería ser.
El estándar dorado del caos
Goldy Head no es “el futuro del rock”. Esa frase ya huele a comunicado de prensa. Es más bien un recordatorio de que el rock nació para joder, para burlarse del poder, para teatralizar la angustia colectiva y convertirla en himno.
Si creciste creyendo que el exceso era pecado pero secretamente lo extrañas, Goldy es tu recaída dorada. Si ya te aburriste del indie pulcro y la rebeldía de marketing, aquí hay algo que todavía arde.
Y si, como yo, pensabas que nada podía sorprenderte después de haber probado medio catálogo lisérgico de tu juventud… te tengo noticias: no era la sustancia. Era la música equivocada.
Goldy Head no es para todos.
Es para los que todavía quieren sentir que algo puede salirse de control.
Y en 2026, eso ya es casi un acto revolucionario.
