Imagina la escena: es el año 1850 en Londres. Estás en un salón lujoso, rodeado de damas con corsés apretados y caballeros con monóculo. Te duele la cabeza o quizás tienes un poco de tos. El médico de la familia, un hombre respetado y educado en las mejores universidades, no te ofrece una aspirina (aún no existe). En su lugar, abre un pequeño frasco de cristal, saca una pizca de polvo marrón con un olor rancio y te dice: «Tome esto, es polvo de faraón auténtico. Le hará sentir como nuevo». Te lo bebes mezclado con vino o chocolate. Y sin saberlo, acabas de convertirte en caníbal.

Durante siglos, la medicina europea estuvo obsesionada con una idea macabra: que la muerte podía curar a la vida. Y en el centro de esta locura estaba el comercio, consumo y destrucción sistemática de las momias egipcias.


El error de traducción que condenó a los muertos

¿Cómo llegamos al punto en que comer cadáveres era socialmente aceptable? Todo comenzó con un error lingüístico. La palabra original era «mummia», un término persa que se refería al betún o asfalto natural, una sustancia negra y pegajosa que se encontraba en las montañas y se usaba para curar heridas y huesos rotos.

Cuando los comerciantes europeos llegaron a Egipto y vieron los cuerpos embalsamados de los antiguos egipcios, notaron que estaban cubiertos de una resina negra muy similar al betún. Por asociación, empezaron a llamar a los cuerpos «mumia». Con el tiempo, los boticarios europeos, movidos por la codicia y la ignorancia, decidieron que si el betún curaba, el «polvo de cuerpo humano antiguo» debía curar aún más.

Así nació la creencia de que ingerir momias podía curar desde dolores de cabeza y úlceras hasta la epilepsia. Se pensaba que el cuerpo conservado contenía una fuerza vital remanente. Irónicamente, los europeos consideraban «salvajes» a las tribus caníbales de América, mientras ellos se cenaban a la realeza egipcia en sus palacios.


El «Hombre de Miel»: La receta más dulce y repugnante

Si comer polvo de momia seca te parece asqueroso, la leyenda del «Mellified Man» (El hombre melificado) te revolverá el estómago.

Mencionada por el farmacólogo chino Li Shizhen (y citada en textos europeos), esta era una «medicina» de lujo extremo. El proceso descrito es una pesadilla voluntaria: Un anciano sabio, cercano a la muerte, decidía sacrificarse por la medicina. Dejaba de comer alimentos normales y comenzaba una dieta exclusiva de miel. Comía miel y se bañaba en miel hasta que, según los textos, «incluso su sudor y sus heces eran miel». Cuando finalmente moría (probablemente por desnutrición o diabetes fulminante), su cuerpo se colocaba en un ataúd de piedra lleno, nuevamente, de miel.

El ataúd se sellaba durante un siglo. Tras 100 años, el cuerpo se había disuelto y fusionado con la sustancia, creando una «confección» humana que se vendía a precios astronómicos para curar huesos rotos. Aunque es difícil saber cuánto de esto fue práctica real y cuánto leyenda, ilustra la obsesión de la época: el cuerpo humano como ingrediente farmacéutico.


Las Fiestas de Desenvolvimiento Victoriano

En el siglo XIX, con la llegada de Napoleón a Egipto y el posterior saqueo británico, la «Egiptomanía» explotó. Las momias dejaron de ser solo medicina para convertirse en entretenimiento.

La alta sociedad victoriana organizaba las famosas «Unwrapping Parties» (Fiestas de desenvolvimiento). Las invitaciones eran codiciadas. Después del té y los pasteles, el anfitrión traía una momia que había comprado en una subasta o traído de un viaje. Entre risas y aplausos, comenzaban a quitarle las vendas al cadáver.

Era un espectáculo de morbo. A veces encontraban amuletos de oro entre las telas, que los invitados se llevaban como souvenirs. El olor a especias antiguas y carne seca llenaba la habitación. Lo que hoy consideraríamos una profanación gravísima y un riesgo biológico, para ellos era el equivalente a ver una película de terror un viernes por la noche.


La escasez: ¿Por qué quedan tan pocas momias?

A menudo nos preguntamos por qué no hay más momias en los museos, considerando que los egipcios momificaron a millones de personas durante 3.000 años. La respuesta es triste: nos las comimos o las quemamos. La demanda de «polvo de momia» en Europa era tan alta que los saqueadores de tumbas egipcios no daban abasto. Cuando se acabaron las momias reales, empezaron a fabricar falsificaciones. Tomaban cadáveres de criminales ejecutados, esclavos muertos o camellos, los dejaban secar al sol del desierto con betún y los vendían a los tontos europeos como «antiguos príncipes». Además del canibalismo médico, las momias se usaron para cosas aún más banales:

  1. Combustible: Eran más baratas que el carbón y ardían muy bien por las resinas, así que se usaron para alimentar las locomotoras de vapor en Egipto.
  2. Pintura: Existe un color llamado «Mummy Brown» (Marrón Momia). Era un pigmento rico y transparente muy amado por los pintores Pre-Rafaelitas. Literalmente, estaban pintando cuadros con gente muerta. Se cuenta que cuando el artista Edward Burne-Jones descubrió de qué estaba hecho su tubo de pintura, corrió al jardín a enterrarlo con una ceremonia fúnebre.


El fin del banquete

El uso de momias como medicina continuó sorprendentemente hasta principios del siglo XX. Fue la llegada de la teoría de los gérmenes y el avance de la medicina moderna (como la aspirina real) lo que finalmente detuvo la práctica.

Hoy miramos hacia atrás con horror. Juzgamos a los victorianos por su falta de ética y su brutalidad colonialista. Pero esta historia nos deja una lección de humildad: la línea entre la «ciencia médica avanzada» y la superstición bárbara es mucho más delgada de lo que creemos. La próxima vez que te duela la cabeza y tomes una pastilla blanca, agradece que vives en el siglo XXI. Porque hace no mucho tiempo, la receta del doctor habría implicado abrir una tumba.

Si quieres profundizar en cómo un simple error de traducción convirtió a las momias en medicina y separar los mitos de internet de la asquerosa realidad histórica, este video te cuenta la historia completa.