BAD GYAL: DEL TRAP SUCIO A LA GLORIA POP (O CÓMO SER UN MONSTRUO DE TU MEJOR VERSIÓN)

Hubo un tiempo —sí, aunque ahora parezca leyenda urbana— en el que Alba Farelo i Solé era solo una jovencita catalana con gusto por el trap, la fiesta hasta el amanecer y una actitud punk resumible en: “el mundo es mío y hago con él lo que se me antoje”. Spoiler alert: esa frase, que a los 20 suena a borrachera filosófica, a los 30 puede convertirse en un plan de negocios cultural si te obsesionas lo suficiente.

Bad Gyal es el ejemplo perfecto de esa máxima incómoda que nadie quiere aceptar: lo que eres hoy no tiene absolutamente nada que ver con lo que puedes llegar a ser mañana si te comprometes con ese demonio creativo que te quita el sueño. Si dejas que te consuma, que te domine y —con suerte— que te convierta en un monstruo… pero uno de tu mejor versión.

Así nació Bad Gyal. No de una disquera, no de un comité de “talento emergente”, sino del error feliz, del upload casual, del “a ver qué pasa”. Y vaya que pasó.

TRAP ESPAÑOL: EL INSULTO QUE SE VOLVIÓ ARTE

Descubrimos a Bad Gyal casi por accidente, y desde entonces se convirtió en uno de nuestros gustos más culposamente orgullosos. De esos que defiendes con los dientes aunque te miren feo en la sobremesa.

¿Alguna vez ha usado usted la frase: “yo ya lo escuchaba antes de que fuera famoso”? Pues aquí tiene la oportunidad perfecta para desempolvarla. O su equivalente snob: “no es reggaetón, es trap”. Y para rematar la blasfemia: trap español. Sí, español. Con acento. Con autotune. Con cero ganas de caerle bien a nadie.

Bad Gyal hace música que, en teoría, debería ser de mal gusto. Letras vulgares, beats repetitivos, estética explícita y una relación muy laxa con la sutileza. Pero justo ahí ocurre el milagro: cuando la vulgaridad se empuja lo suficiente, termina rayando en el buen gusto estilístico. El kitsch del kitsch europeo. Arte contracultural puro. Una genialidad que probablemente ni sus propios creadores sabían que estaban fabricando.

DE LA SUBCULTURA AL MAINSTREAM (SIN PEDIR PERMISO)

Lo fascinante de Bad Gyal no es solo la música, sino el recorrido. Pasó de ser un fenómeno de nicho —ese que escuchas con audífonos para que no te juzguen— a convertirse en referencia obligada del pop ibérico contemporáneo. Y lo hizo sin pedir permiso, sin disculparse y sin volverse “agradable”.

Ese tránsito recuerda inevitablemente a lo que ocurrió con Rosalía, aunque Bad Gyal juega otro deporte: menos flamenco conceptual y más club sudado a las cuatro de la mañana. Donde Rosalía pule, Bad Gyal raspa. Donde una eleva, la otra contamina. Y en esa contaminación está su encanto.

Bad Gyal no quiere salvar la música. Quiere que bailes mal, sudes más y te olvides de la dignidad durante tres minutos. Y eso, en 2026, es casi un acto político.

POR QUÉ DEBERÍAS ESCUCHARLA (ANTES DE QUE SEA DEMASIADO TARDE)

Escúchala antes de que te la ganen los demás. Antes de que la descubran los mismos que dijeron que “eso no era música”. Antes de que la programen en festivales donde la gente aplaude con una cerveza artesanal en la mano.

Bad Gyal es perfecta para tu próxima fiesta de niñas bien que quieren sentirse peligrosas. Para inhalar ego, para bailar sin ritmo, para aceptar que el mal gusto también puede ser una forma elevada de cultura.

No es cómoda. No es elegante. Y justamente por eso importa.